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Pieza del mes mayo 2010

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  • Ficha técnica
    • Las dos Castillas. Suite Ibérica

      Pintor de acusada evolución plástica, sus obras evolucionan con el paso del tiempo y el pleno desarrollo del autor, mostrando una técnica que concluye con el predominio del color y las texturas matéricas sobre el subyacente dibujo. A pesar de esto, Lahuerta nunca abandonó una temática donde la figura y el paisaje eran los protagonistas de sus telas.

      Su figura fue una de las primeras en alejarse de la estética de la pintura valenciana rompiendo con los postulados sorollistas que tanto arraigo tenían en los artistas levantinos. Optó por una recreación más personal de la atmósfera, cambiando la percepción de la misma a la hora de interpretarla en el lienzo. Esta subjetividad venía avalada por sus compromisos intelectuales y sociales, todos ellos patentes en su producción y demostrados a lo largo de ésta. Así sus diferentes épocas han venido marcadas por la recepción de nuevos conceptos estéticos y la transformación de éstos en trazos pictóricos, pero siempre hilados magistralmente unos y otros sin renunciar a los anteriormente comprometidos a lo largo de su vida. No dejan de ser palpables las aportaciones que la Sociedad de Artistas Ibéricos –con la cual participó activamente en sus muestras– dejó en él a partir de 1930, ni tampoco las inclusiones de artistas internacionales como Klee o del grupo Der Blaue Reiter, a los que admiró y de los cuales encontramos retazos en sus obras a partir de 1940.

      Su libertad interpretativa y cromática quedarán ancladas en sus formas de hacer, no sucediendo lo mismo con las estructuras compositivas de sus lienzos. A partir de 1940 se observa un premeditado orden en los mismos a causa del manejo de la simetría de bultos que afectan a toda la composición, la cual queda despojada de toda anécdota a favor del sentido plástico más absoluto y verdadero protagonista del lienzo, algo que Genaro entiende como el principal aval a su propio significado.

      Su relación con el Ateneo de Madrid fue constante a lo largo de su vida demostrándolo en más de una ocasión. Primero en la década de 1930, cuando expuso en las colectivas que la Sociedad de Artistas Ibéricos realizó en las dependencias de la Institución. Posteriormente en 1980, cuando dejó esta obra para la colección del Ateneo acompañándola de un guiño al pasado.

      EL CUADRO

      Las dos Castillas. Suite Ibérica

      Al observar esta obra de la colección del Ateneo de Madrid, el espectador tiene su espacio en el lienzo perfectamente definido. Lahuerta juega con él y le hace partícipe del mismo, introduciendo a éste dentro de la composición, formando parte de él y no dejando que sea simplemente un mero espectador, sino que lo transforma en un asistente más a esa mesa, a esa sala en la cual cuatro figuras femeninas reposan. La aparente perspectiva abatida es sólo eso, aparente. Al observarlas con detenimiento enseguida nos damos cuenta que no están ubicadas al azar, sino que abren la cerrada composición en uno de sus extremos. Los personajes están estudiados en sus poses, así como en la representación de sus edades, dándonos a entender cuatro generaciones. Sobre la mesa el artista rinde un homenaje al bodegón español del siglo XVII colocando sencillos elementos. Estos alimentos –un plato de sardinas, la hogaza de pan y el tazón– actúan como nexo de unión entre las figuras, uniéndolas en una sutil lectura marcadamente diagonal en ambos sentidos y estableciendo un aspa que agudiza la composición. El solado del suelo contribuye a remarcar, aún más, esa perspectiva aérea que sitúa al espectador como un intruso, como un insecto que visiona desde el ángulo superior la apacible escena.

      La paleta de color es amplia, pura en tonalidades y combina magistralmente los cálidos y los fríos, utilizados éstos últimos para elevar las figuras, contribuyendo así a remarcar aún más sus contornos. Estas tonalidades se aplican con una pincelada fuerte, precisa y decidida sobre el lienzo, donde unas y otras se fusionan dando una aparente improvisación que, sin embargo, es aprovechada por Lahuerta para establecer ricos matices cromáticos que hacen más contundentes los volúmenes. El empleo de la luz –casi escenográfica– proviene del mismo ángulo donde el artista sitúa la mirada del espectador, singularizando aún más su presencia.

      Esta obra muestra el buen hacer de Genaro Lahuerta y es, sin lugar a dudas, uno de los ejemplos que en 1928 contribuyó a que su nombre empezara a sonar como uno de los valores de la pintura española. Posiblemente este lienzo formó parte de su primera exposición en la sala Imperium de Valencia –constatándose en esta galería la Primera Manifestación Valenciana de Arte Joven–, donde se dio a conocer junto con Rafael Benet, Pedro Sánchez o Vicente Mulet, entre otros. Especialmente singular y emotiva es la dedicatoria que realiza para el Ateneo de Madrid, donde rememora su exposición en esta casa de 1928.

      Genaro Lahuerta López

      (Valencia, 1905 - 1985). A la edad de 14 años ingresó en la Academia de San Carlos de Valencia donde desarrolló sus estudios de Bellas Artes. Pronto supo emprender una vía que le llevó a relacionarse y participar con los movimientos artísticos de la época, siendo el primero de ellos la Manifestación Valenciana de Arte Joven en 1928, donde Lahuerta ya apunta maneras de rebeldía antes los férreos y seguidos cánones establecidos por la escuela de Sorolla. A partir de ahora sus exposiciones son frecuentes en ciudades como Barcelona y Madrid, introduciéndose en 1930 en la Sociedad de Artistas Ibéricos, con quienes expondrá en Pittsburgh ese mismo año y en los sucesivos. Es precisamente aquí donde conocerá las tendencias plásticas internacionales las cuales le abrirán nuevos lenguajes plásticos y teóricos que, sin embargo, en España quedarán sutilmente impregnados en sus cuadros a partir de 1940.

      A partir de la década de 1950 se abre una nueva vía a explorar en su obra: el paisaje. Su estancia en el Sahara –por medio de sucesivas becas del Gobierno– vienen a determinar una inclinación hacia el paisaje y el casi abandono de la figura. A este cambio fue también arrastrada su paleta cromática: carmines, ocres, amarillos y cálidos azulados serán los protagonistas, permaneciendo fiel a ellos hasta su muerte.

      Su trayectoria profesional como artista pronto se vio respaldada por importantes premios nacionales así como la obtención de la cátedra de Bellas Artes en San Carlos –1949– o su reconocimiento como Real Académico de San Fernando –1976–, así como innumerables exposiciones a su figura y la inclusión de obras suyas en grandes museos internacionales.

      Autor: Genaro Lahuerta López. (Valencia) 1905 – 1985.

      Cronología: 1928.

      Técnica: óleo sobre lienzo.

      Medidas: 100 x 81 centímetros.

      Firmas o inscripciones: G Lahuerta 1980/Genaro Lahuerta. Justicia, 1928.

      Contexto cultural o estilo: pintura española del siglo XX.

      Exposiciones: no.

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